Picnic en Hanging Rock


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Año: 1975. Duración: 110´ País: Australia. Director: Peter Weir. Guión: Cliff Green (Novela: Joan Lindsay). Música: Bruce Smeaton. Fotografía: Russell Boyd.  Reparto: Rachel Roberts, Vivean Gray, Helen Morse, Kirsty Child, Tony Llewellyn-Jones, Jacki Weaver, Frank Gunnell, Anne-Louise Lambert, Karen Robson, Jane Vallis, Christine Schuler, Margaret Nelson, Ingrid Mason, Jenny Lovell, Janet Murray.

En 1951 un novedoso concepto de cine es acuñado en Francia por la prestigiosa revista cinéfila Cahiers du Cinema.  Un grupo de críticos fundadores de esta publicación (André Bazin, Jacques Doniol-Valcroze y Joseph-Marie Lo Duca) y de ilustres colaboradores (Godard, Chabrol o Truffaut) comenzaron a cuestionarse el rol de “autor” que el director tenía dentro de una película. Para ellos el fundamento de este tipo de cine, alejado radicalmente del imperante neorrealismo de la época, subyace en la asunción autoral de la obra por parte del director, utilizando para ello cualquier recurso fílmico, estético y narrativo que considere oportuno para llevar a cabo una idea.

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Dentro de este género, y en las antípodas del suelo francés, nos encontramos con Picnic en Hanging Rock (Picnic at Hanging Rock, 1975), la segunda película del director australiano Peter Weir, que traslada a la gran pantalla la novela homónima más popular su compatriota, la escritora Joan Lidsay (1896-1984). El film, que cuenta con un premio Bafta a mejor fotografía, nos traslada al 14 de febrero de 1900. Un grupo de estudiantes sale de Appleyard (un internando australiano  para señoritas) con la intención de pasar un agradable tarde en el campo. Su destino es una zona rocosa llamada “Hanging Rock”. La misteriosa y sincronizada parada de los relojes de las excursionistas, será el pistoletazo de salida para una serie de sucesos extraños e inexplicables.

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Si bien Peter Weir no es conocido por un “cine de autor” (entre su producción se encuentran las taquilleras Único testigo (Witness, 1985), El Club de los Poetas Muertos (Dead Poets Society ,1989) o El show de Truman (The Truman Show, 1998), encontramos sin embargo en su filmografía dos producciones que se desmarcan del cine comercial; La última ola (The Last Wave, 1977) y la mencionada, Picnic en Hanging Rock; con ellas deja patente esa subjetiva intimidad que el “cine de autor” requiere.

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Cuando los ingleses llegaron a Australia el país estaba habitado por tribus indígenas con creencias y leyes propias, y con una conexión con la naturaleza y el mundo de “lo mágico” totalmente alejada a la idiosincrasia conservadora de la sociedad victoriana. En el transcurso de la colonización, el hombre blanco no solo no respetó estas tradiciones aborígenes, sino que intentó occidentalizar a las tribus alejándolos del contacto con la naturaleza y su “mundo de los sueños”. Peter Weir trata este tema en sus producciones del 75 y del 77. En ellas expone que la idea la magia y el mundo de los sueños, son conceptos posibles en Australia a pesar de la occidentalización del país. Como ejemplo nos sirven estos dos extractos extraídos de ambas películas:

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[…Los aborígenes creen en dos formas de tiempo. 2 corrientes  paralelas de actividad; Una es la actividad objetiva y diaria en la que estamos confinados usted y yo. La otra es un ciclo espiritual infinito llamado el tiempo de los sueños más real que la realidad misma…] La última ola

[…Lo que vemos y lo que parecemos no es más que un sueño, un sueño dentro de un sueño…] Picnic en Hanging Rock

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Con una cuidada puesta en escena en cuanto a vestuario y attrezzo se refiere, la cinta cuenta con una primera parte con una atmósfera suave, onírica, delicadamente magnética, enfatizada por la música de Bruce Smeaton, quien ya colaboró con Weir en Los coches que devoraron París (The Cars that Ate Paris, 1974). Impregnada de una cálida luz dorada, la película va dejando paso a escenas cada vez más oscuras según la trama va evolucionando hacia las nefastas consecuencias que acarrea la desaparición de varios personajes protagonistas. Contiene un lenguaje cinematográfico rico en detalles, plagado de una sutil simbología en numerosa escenas, el espectador puede sentir como la sensación de libertad  invade a las tres chicas que se alejan del grupo adentrándose en la roca, despojándose de elementos opresores (simbolizando estos a la sociedad victoriana) como medias, corsés y guantes. Solo  la joven Edith sigue anclada en la realidad sin poder disfrutar de esa libertad que el mudo onírico ofrece. Bien defendida por actores como Rachel Roberts (Mrs. Appleyard, la anquilosada  directora del colegio) sin embargo no es este su punto fuerte. Un par de temas subyacen en la trama principal; la diferencia entre clases sociales o la reputación como elemento condicionante para la sociedad inglesa.

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Tras el visionado de la cinta podemos pensar que quizá todo sea un sueño o quizá la roca se ha enamorado de las chicas en el día de san Valentín y las desea para sí, otorgándoles un precioso tesoro, la libertad. Aquí reside el atractivo del llamado cine de autor, el director expresa de una forma poética (al menos en este caso) una idea subjetiva dejando que sea el espectador el intérprete de su obra como si de un cuadro se tratara y aunque esta forma de hacer cine sea un salto al vacío sin red, en este caso podemos decir que Peter Weir sale indemne.

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8 comentarios

  1. Mira, no se me había ocurrido esa interpretación de la roca enamorada de las chicas y la entrega de la libertad. Interesante. A mí lo que más me gustó fue ese cálido, hipnótico y cautivador aire onírico de la cinta, como de siesta pesada de verano. Una curiosa contraposición con la pesadilla intensa y húmeda de ‘La última ola’, muy apta para montar un díptico de cine australiano en una tarde tonta cualquiera.
    Weir es un gran creador de atmósferas.

    1. Creo que el realismo mágico impregna toda la obra australiana de Peter Weir, de la cual curiosamente renegó estando en Hollywood, siendo ésta más rica que la que realiza actualmente allí. Además creo que Picnic…complementa muy bien aquella otra película impresionante como fue La Última Ola.

  2. A mi esta película me atrapó desde el principio, quizá por esa atmósfera que como acertadamente refiere El crítico abúlico, tan bien sabe recrear Peter Weir.
    Buscando información para la crítica, descubrí a Joan Lindsay y es aquí donde empiezan las curiosidades. Lindsay se casó el día de San Valentín y escribió “Tiempo sin relojes” en el que narra su idílica vida matrimonial que representa con la parada del tiempo, (recordemos que en Picnic en Hanginig Rock todo empieza con la parada de los relojes del grupo de excursionistas). Su segundo libro, que dio pie a la creación de Peter Weir, fue publicado en 1967 pero no fue hasta 1980 que se publicó el capítulo final por orden expresa de la escritora. La historia salió a la luz como un suceso basado en hechos reales, pero aun hoy no queda muy claro que esto fuera constatable.
    Creo que el halo de misterio y ensoñación que rodea a la obra original está plasmada a la perfección por el director (y por eso y por la riqueza de símbolos, es que las mentes soñadoras como la mía se ven cautivadas)

    Saludos

    1. Joé Elvira, has hecho los deberes 🙂

      Lo que dices está muy bien y refuerza la teoría de que para hacer una crítica hay que tener en cuenta otra serie de cosas, no sólo el análisis cinematográfico de la cinta.

      Estos apuntes son muy valiosos para comprender la película, gracias por compartirlos con nosotros así como el texto de la crítica que ya te dije que fue el que más me ha gustado de todos los que hicimos en el curso.

  3. Me gusto su carácter casi de cuento. Esa sensación de que todo floto. Como si en realidad nada existiera. Un director variado este australiano. Capaz de rodar películas tan complejas e interesante como la costa de los mosquitos, muy infravalorada en mi opinión y que plantea una comunión imposible hombre naturaleza rodada de forma exquisita. Un verdadero viaje al interior de una transformación como la que se produce en el protagonista.

    Y como no, Master and Commander. Probablemente la mejor película de aventuras rodada en los últimos 30 años. Genial la mires por donde la mires y toda una lección de cine e interpretaciones. Obra redonda sin duda. Cuidate

  4. Picnic en Hanging Rock cuestiona la realidad tal y como la conocemos, con esa zozobra que nos imponen nuestros sentidos. Y además es bella y preciosista a más no poder, y con una música arrebatadora. Quiero destacar la excelente edición en dvd de la filmoteca fnac, una joya del coleccionismo.

    Personalmente creo que Weir se estropeó en su llegada a Hollywood, aunque creo como tú que La Costa de los Mosquitos y Master and Commander son obras infravaloradas que necesitan de una revisión crítica urgente.

    Un abrazo.

  5. Revisioné estas primeras obras del director australiano precisamente a través de sus correspondientes ediciones de la Filmoteca Fnac (una colección extremadamente recomendable, que permitirá descubrir auténticas joyas de la historia del cine).

    Lo hice hace tiempo así que tampoco las tengo muy frescas, pero lo que puedo decir es que yo también recuerdo ese aire onírico que tan atractivas las hacía; son películas muy pequeñitas pero que, pese a sus escasos medios, pueden suscitar interpretaciones atrevidas por parte del espectador, de ahí la grandeza del cine de autor, en efecto.

    Muy bien tu texto, Elvira. Me ha despertado el gusanillo por volver a ver las cintas, y ese es precisamente uno de los objetivos de cualquier texto cinematográfico.

  6. Muchas gracias Roberto, yo estoy descubriendo la etapa australiana de Peter Weir y creo que es bastante atractiva. De su filmografía hollywoodiense me ha gustado especialmente la costa de los mosquitos, aborda diferentes cuestiones a cual más compleja y merece la pena verla más de una vez.

    Hoy ha sido San Valentín…espero que vuestros relojes sigan funcionando.
    Nos vemos en cortópolis.

    Afectuosos saludos.

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